… del glamour, de las luces, del consumo, de la apariencia... Muchos
calificativos hay que podrían acompañar a esta ciudad. Esta visita de la que
les hablo transcurrió durante la etapa navideña, así que supongo que en
cualquier otra época del año, París sería bastante diferente.
Como la mayor parte de las visitas a la capital francesa,
primero empezaremos por ese monumento, impresionante aunque no por ello excepcionalmente
bonito, que da imagen no solo a Francia sino a toda Europa: La Tour Eiffel. Se mire por donde se
mire, la Torre Eiffel impresiona, tanto observándola a sus pies como observando
la ciudad desde los aproximadamente 275 metros de su última planta. Una vez
abajo, no importa desde qué ángulo la fotografíes, dejándola a la izquierda, a
la derecha, arriba, abajo, al revés… este monstruo de hierro es de los
monumentos más fotogénicos que existe sobre la tierra. Justo debajo de la torre
había un enorme marché de Nöel
(mercado de navidad) en la que aprendí una cosa muy importante de Francia,
especialmente de París: si algo no tiene el precio marcado, no preguntes cuánto
cuesta. ¿Por qué? Primero, porque está mal visto; segundo, porque si no tiene
precio marcado es que es bastante caro; y tercero, si no lo compras después de
haber preguntado el precio, quedarás aun peor. Pues si, los franceses,
especialmente en su capital, son bastante especiales en todo lo que respecta a
la apariencia y lo que ellos denominan “buenos modales”.
Terminamos con la Torre Eiffel para llegar, atravesando todo
el Campo de Marte y otras calles lujosas, hasta L’arc de Triomphe (Arco del Triunfo), obra que no deja indiferente
a nadie. Esta corona los famosos Champs
Elysées (Campos Elíseos), una calle que no tiene nada de especial aparte de
ser la principal zona comercial (y probablemente más cara) de la ciudad, y de acoger
la residencia oficial del esposo de la Bruni. Mientras bajo por esta enorme
avenida de casi dos kilómetros de longitud, observo escandalizado como una
pobre rumana de rodillas implora algo de misericordia y generosidad a los
viandantes al lado de un escaparate de Cartier
que presume de mostrar relojes de lo más sosos a más de 7000 euros. Lo que más
me escandalizó es ver que salían de esa tienda ‘pedorrillas’ de metro ochenta de
la mano de sus ‘queridos’ de medio metro presumiendo de su nueva adquisición y
ni se paraban para arrojar un triste euro a la jovencita de la Europa del este.
Denominada la avenida más bella del mundo, yo no veía el
momento en que escapara de aquella plataforma atípicamente consumista y
engreída. Al final de esta avenida llegamos a la plaza Concorde, con ese obelisco egipcio y desde el que, en el ángulo
apropiado, podemos volver a divisar la torre Eiffel de lejos. Atravesamos el
parque que separa esta plaza de una de las principales joyas de París, el museo
del Louvre, refugio de aquello de lo
que los franceses se sienten más orgullosos, la obra cumbre de Leonardo da
Vinci: La Gioconda o Mona Lisa. Mucha ciudad queda por
delante, así que uno no puede pararse mucho en este magnífico museo, solo lo
justo para hacer la típica foto a cinco metros del pequeñísimo cuadro de
Leonardo con las típicas cabezas de una treintena de chinos que siempre están
delante.
(foto no sacada por mi, solo es para que tuvieran una idea de a lo que me refiero)
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