martes, 27 de diciembre de 2011

París, la ciudad del amour...


… del glamour, de las luces, del consumo, de la apariencia... Muchos calificativos hay que podrían acompañar a esta ciudad. Esta visita de la que les hablo transcurrió durante la etapa navideña, así que supongo que en cualquier otra época del año, París sería bastante diferente.


Como la mayor parte de las visitas a la capital francesa, primero empezaremos por ese monumento, impresionante aunque no por ello excepcionalmente bonito, que da imagen no solo a Francia sino a toda Europa: La Tour Eiffel. Se mire por donde se mire, la Torre Eiffel impresiona, tanto observándola a sus pies como observando la ciudad desde los aproximadamente 275 metros de su última planta. Una vez abajo, no importa desde qué ángulo la fotografíes, dejándola a la izquierda, a la derecha, arriba, abajo, al revés… este monstruo de hierro es de los monumentos más fotogénicos que existe sobre la tierra. Justo debajo de la torre había un enorme marché de Nöel (mercado de navidad) en la que aprendí una cosa muy importante de Francia, especialmente de París: si algo no tiene el precio marcado, no preguntes cuánto cuesta. ¿Por qué? Primero, porque está mal visto; segundo, porque si no tiene precio marcado es que es bastante caro; y tercero, si no lo compras después de haber preguntado el precio, quedarás aun peor. Pues si, los franceses, especialmente en su capital, son bastante especiales en todo lo que respecta a la apariencia y lo que ellos denominan “buenos modales”.

Terminamos con la Torre Eiffel para llegar, atravesando todo el Campo de Marte y otras calles lujosas, hasta L’arc de Triomphe (Arco del Triunfo), obra que no deja indiferente a nadie. Esta corona los famosos Champs Elysées (Campos Elíseos), una calle que no tiene nada de especial aparte de ser la principal zona comercial (y probablemente más cara) de la ciudad, y de acoger la residencia oficial del esposo de la Bruni. Mientras bajo por esta enorme avenida de casi dos kilómetros de longitud, observo escandalizado como una pobre rumana de rodillas implora algo de misericordia y generosidad a los viandantes al lado de un escaparate de Cartier que presume de mostrar relojes de lo más sosos a más de 7000 euros. Lo que más me escandalizó es ver que salían de esa tienda ‘pedorrillas’ de metro ochenta de la mano de sus ‘queridos’ de medio metro presumiendo de su nueva adquisición y ni se paraban para arrojar un triste euro a la jovencita de la Europa del este. 


Denominada la avenida más bella del mundo, yo no veía el momento en que escapara de aquella plataforma atípicamente consumista y engreída. Al final de esta avenida llegamos a la plaza Concorde, con ese obelisco egipcio y desde el que, en el ángulo apropiado, podemos volver a divisar la torre Eiffel de lejos. Atravesamos el parque que separa esta plaza de una de las principales joyas de París, el museo del Louvre, refugio de aquello de lo que los franceses se sienten más orgullosos, la obra cumbre de Leonardo da Vinci: La Gioconda o Mona Lisa. Mucha ciudad queda por delante, así que uno no puede pararse mucho en este magnífico museo, solo lo justo para hacer la típica foto a cinco metros del pequeñísimo cuadro de Leonardo con las típicas cabezas de una treintena de chinos que siempre están delante. 


(foto no sacada por mi, solo es para que tuvieran una idea de a lo que me refiero)

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