Nos metemos en el metro para acabar en la otra zona
turística por excelencia de la ciudad, la zona de Châtelet y Hôtel de Ville,
probablemente el centro neurálgico de la ciudad, ya que allí se encuentran el
ayuntamiento y los edificios administrativos más importantes. Antes de salir a
la ‘superficie’, es importante hacer unos cuantos apuntes con respecto al metro
de París. No es precisamente el más limpio ni el mejor decorado del mundo
(aunque paradas como la del Louvre podrían
pasar por un mini-museo), de hecho, es un pelín agobiante, pero se podría decir
que su interior es casi tan grande como la propia ciudad bajo la que se asienta
y se puede encontrar tanto o más talento que fuera en la ciudad. Volvemos al
exterior, y si bajamos en la parada Cité
nos encontraremos justo en frente de la catedral que sirvió como escenario para
la famosa película de Disney, Nôtre Dame.
Después de haberla contemplado como se merece, es inevitable
darse la vuelta cada dos segundos a ver si por alguna casualidad vemos dando
brincos al entrañable jorobado. Este santuario, especialmente de noche, es una
de las catedrales más enigmáticas, probablemente por su emplazamiento, en una
isla en medio del río, o por la atmósfera que se crea a partir de sus famosas
gárgolas y su estilo gótico más puro. Si eres un pobrecito hombre o mujer de a
pie, que se gana la vida humildemente o que depende de las becas o de mami o
papi para pegarse un viajecito, probablemente será tu parte favorita de la
ciudad, ya que por lo que pagarías 5 euros en los Campos Elíseos, aquí pagarías
3 (hablo de una crêpe con jamón) y
menús que rondan entre los 10 y 15 euros (esto en París es para darse con un
canto en el pecho si no quieres acabar todos los días en el McDonalds). Por la
zona también nos encontramos con la que se dice que es la calle más pequeña de
toda Francia La rue du chat qui pêche (La
calle del gato que pesca).
Nos metemos esta vez en el metro para llegar a la zona más
descarada de París, sede de la prostitución y del sexo en general, eso si, con
ese toque de clase y de glamur que solo los parisinos saben darle a las cosas.
Me refiero a la zona de Montmatre, vigilada
también por una iglesia a la que nadie hace caso, como en el caso de Ámsterdam,
Le Sacre Coeur, excepto para sacarse
la típica y obligada foto. Si subimos hasta arriba del todo, podremos divisar
una ciudad planificada un poco al tuntún, pero al ver de fondo otra vez la
torre Eiffel, ya como que nos da igual… estamos en París, eso es lo que
importa. Recorremos toda la rambla del boulevard Rochechuart para llegar al de Clichy.
Al final de esta calle, no podemos evitar decepcionarnos otra vez (como pasara
con el minúsculo cuadro de Mona Lisa) con el edificio que inspirara en 2001 a Baz
Luhrmann para crear la película-musical, Le Moulin Rouge. Y no es que el edificio en si decepcione (por
cierto, allí vine a aprender que el empresario que montó este rentable negocio
era español, de Cataluña para ser más exactos) si no que la película se aleja
tanto de la realidad y nos crea tantas expectativas que el visitante, sin
quererlo, espera bastante más. Aquí nos olvidamos de lo pobre que somos y nos
gastamos los 175 euracos que se necesitan para entrar y comer. El menú,
bastante mejorable por cierto, constaba de unas tiras de beicon envueltas con
zanahorias de entrante, escargots
(los famosos caracoles) de segundo, y una milhojas francesa como postre. Eso
si, la copas son mágicas, es decir, por mucho champán que bebas, siempre que
dirijas la vista al escenario, un camarero, muy cansino por cierto, te la va a
volver a llenar hasta arriba. Si bien es cierto que el menú no vale el dinero
pagado, el espectáculo, aunque pesado a ratos, tiene sus momentos, como el
sketch políglota de un ventrílocuo con un caniche (ahora no se si realmente era
gracioso o es que el champán estaba comenzando a hacer efecto) o el momento en
el que sale una enorme piscina del subsuelo con serpientes enormes y una
bailarina se mete a bailar con ellas. El resto del espectáculo es más propio de
una gala a lo José Luis Moreno tipo Noche de Fiesta (por desgracia aun no he
olvidado ese patético programa) que de un espectáculo por el que yo pagaría 175
euros. Yo, como veía venir la posible decepción, me jarté a champán para
amortizar el dinero.
Cansado de tanto glamur, me escapé un poco en busca de
cultura e historia. Esta vez acabamos nuestra visita en Hôtel National des
Invalides (Palacio Nacional de los
Inválidos), edificio también impresionante rematado en una cúpula dorada
que ha servido durante casi dos siglos como tumba a Napoleón Bonaparte (para
que luego los españoles protestemos porque Franco esté enterrado en el Valle de
los Caídos). Esta vez he llegado más tarde de las 6 de la tarde, así que no
será posible realizar la visita interior, pero ni falta que hace, porque su
exterior basta para sorprendernos.
Para finalizar diré que París es una de esas ciudades que se
debe visitar, por obligación, antes de pasar al otro barrio. Su fama está más
que justificada, y si bien hay cosas que nos pueden dejar un regustillo amargo,
hay cosas que pueden sobrecogernos. Bon voyage!
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